
Acercarse a una cosmología como la que presentan los Arturianos exige una actitud poco habitual: permanecer abiertos sin abandonar el discernimiento. No se propone creer automáticamente en aquello que se expone, pero tampoco rechazarlo simplemente porque se encuentre fuera de los límites de nuestra concepción habitual de la realidad.
Una de las primeras claves que se ofrecen es lo que denominamos la “Caja Imaginaria”: un espacio mental en el que podemos colocar provisionalmente todo aquello que todavía no podemos aceptar, comprobar o comprender. Una idea no necesita ser declarada verdadera para poder ser contemplada. Puede permanecer en suspenso hasta que la experiencia, la razón o una comprensión posterior nos permitan observarla desde otra perspectiva.
Este principio resulta especialmente importante cuando se trabaja con estados ampliados de conciencia, intuiciones, comunicaciones internas o experiencias no ordinarias. Una profunda sensación de certeza no constituye, por sí misma, una prueba de verdad. La intuición posee un enorme valor, pero necesita convivir con la razón, la observación y el discernimiento.
Del mismo modo, una mente exclusivamente lógica, que rechaza cualquier percepción que no pueda verificar de inmediato, corre el riesgo de quedar encerrada dentro de los límites de aquello que ya conoce.
La propuesta, por lo tanto, no consiste en elegir entre la intuición y la razón, sino en permitir que ambas cooperen.
Dentro del marco que aquí se desarrolla, esta actitud resulta fundamental porque la realidad misma es considerablemente más amplia que la franja que nuestros sentidos ordinarios pueden percibir. Nuestra experiencia humana se encuentra condicionada por un sistema nervioso adaptado a una realidad tridimensional y por una forma de pensamiento que organiza los acontecimientos de manera lineal: pasado, presente y futuro.
La perspectiva de los Arturianos es diferente.
Su comunicación natural no depende fundamentalmente de las palabras, sino de una modalidad denominada holografía telepática. Una comunicación holográfica no transmite una simple sucesión de conceptos, sino un conjunto completo de información percibida simultáneamente. Allí donde una explicación humana requiere numerosas frases y un desarrollo progresivo en el tiempo, una comunicación de esta naturaleza contiene al mismo tiempo contexto, relaciones, posibilidades y significado.
Esto modifica también la experiencia del tiempo. Desde esta perspectiva multidimensional, un acontecimiento presente puede ser contemplado simultáneamente en relación con aquello que lo precedió, con aquello que está ocurriendo y con las distintas posibilidades hacia las cuales puede desarrollarse. Pasado, presente y futuro dejan entonces de aparecer como compartimentos separados y se revelan como diferentes aspectos de una estructura mayor.
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Poder y conciencia
Otra de las ideas centrales de la enseñanza es una distinción fundamental: poder no significa necesariamente evolución.
Una civilización puede poseer tecnologías extraordinariamente avanzadas y, sin embargo, permanecer limitada en su nivel de conciencia. El dominio de la energía, la genética, los viajes espaciales o el acceso a otras dimensiones no convierte automáticamente a una especie en sabia, compasiva o espiritualmente evolucionada.
Esta distinción es esencial para comprender las comunicaciones arturianas.
La enseñanza propone abandonar la antigua tendencia humana a identificar automáticamente una capacidad extraordinaria con la divinidad. Un ser capaz de realizar aquello que nosotros todavía no comprendemos puede poseer conocimientos o tecnologías muy superiores a los nuestros sin ser, por ello, superior en términos espirituales, éticos o de conciencia.
En otras palabras, la capacidad de ejercer poder y la capacidad de sostener un estado elevado de conciencia son desarrollos diferentes.
Esta comprensión prepara uno de los temas recurrentes de la enseñanza: no arrodillarse interiormente ante aquello que parece superior. La verdadera evolución no exige servidumbre, adoración ni renuncia a la propia soberanía.
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Una humanidad de origen múltiple
Dentro de esta cosmología aparece también una interpretación particular acerca del origen humano.
La humanidad actual no procede de una única línea evolutiva, sino de una compleja combinación de procesos terrestres e intervenciones de distintas civilizaciones extraterrestres. Dentro de este relato aparecen los Anunnaki, descritos como una civilización intergaláctica tecnológicamente avanzada que llega a la Tierra en busca de oro e interviene genéticamente sobre antiguos primates para producir seres capaces de realizar determinadas tareas.
Pero el relato incorpora un elemento adicional: aquellos primates no son considerados simples organismos animales. Algunos contienen lo que la enseñanza denomina efímeros: seres procedentes de una frecuencia más elevada que experimentan temporalmente la existencia dentro de formas biológicas y que, en determinados casos, quedan atrapados en ellas.
La posterior intervención genética crea así una combinación particularmente compleja: biología terrestre, conciencia procedente de otros niveles de existencia y aportes genéticos extraterrestres.
Después de aquella intervención inicial, otras civilizaciones incorporan componentes genéticos adicionales. De allí surge una expresión especialmente significativa: la humanidad como “realeza intergaláctica”. No se utiliza en el sentido de superioridad o jerarquía, sino como referencia a una herencia extraordinariamente diversa, formada por múltiples linajes y procedencias.
Desde esta perspectiva, el ser humano no constituye únicamente el resultado de la evolución biológica terrestre. Su historia forma parte de una trama mucho más extensa, en la que convergen la vida de la Tierra, distintas inteligencias cósmicas y formas de conciencia provenientes de otros niveles de realidad.
Naturalmente, estas afirmaciones pertenecen a la cosmología que estamos explorando y no se presentan como hechos científicamente comprobados. Precisamente por eso resulta útil aquella primera recomendación: permitir que determinadas ideas permanezcan en la “Caja Imaginaria” hasta que cada persona pueda observarlas, explorarlas y discernir qué significado adquieren dentro de su propia comprensión.
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La memoria de la servidumbre
Existe, sin embargo, una consecuencia filosófica mucho más profunda que la historia genética en sí misma.
Si, como plantea esta enseñanza, el ser humano fue modificado originalmente con la intención de crear una especie servidora, aquella intención dejó una impronta profunda en la conciencia humana: la tendencia a entregar el propio poder ante aquello que parece superior.
Desde esta perspectiva, la sumisión religiosa, la necesidad de intermediarios, la adoración de seres considerados superiores y la tendencia a obedecer autoridades externas no son solamente fenómenos culturales. Se vinculan, simbólica y energéticamente, con una memoria mucho más antigua: la memoria de haber sido concebidos para servir, obedecer y reconocer una autoridad situada fuera de nosotros mismos.
El problema central deja entonces de ser quién creó al ser humano y se convierte en algo mucho más cercano y decisivo: ¿por qué el ser humano entrega tan fácilmente su soberanía?
Este interrogante atraviesa buena parte de las comunicaciones arturianas.
La evolución implica recuperar progresivamente la capacidad de discernir, decidir y reconocer que una conciencia verdaderamente avanzada nunca necesita esclavizar, someter ni disminuir a otra. Por el contrario, cuanto mayor es el grado de conciencia, mayor es también el reconocimiento de la libertad y la soberanía del otro.
La verdadera relación entre seres evolucionados no es vertical -amo y servidor, dios y súbdito-, sino una relación basada en el reconocimiento, el intercambio y la libertad.
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Emanación no significa encarnación
Otra noción importante es la de emanación. Según este concepto, una persona puede portar una frecuencia, una impronta o una corriente de conciencia relacionada con otro ser o civilización sin ser, literalmente, la reencarnación completa de ese ser.
Una emanación es una presencia energética inteligente que puede influir en determinadas maneras de percibir, sentir o responder ante la realidad. Este concepto permite comprender por qué algunas personas experimentan una afinidad extraordinariamente profunda con determinadas figuras espirituales, estrellas, civilizaciones o tradiciones, sin que ello signifique necesariamente que sean la encarnación de esas entidades.
La distinción es importante: portar una frecuencia no significa poseer la totalidad de la identidad que la origina. Una conciencia puede expresarse, resonar o dejar su impronta a través de otra sin reproducirse enteramente en ella.
Esta diferencia adquirirá especial relevancia más adelante, cuando María Magdalena desarrolle el tema con mayor profundidad en Grupo Avatar.
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Una civilización que también evoluciona
Los Arturianos no se presentan como seres perfectos que poseen todas las respuestas. Ellos también se enfrentan a interrogantes y contradicciones. Su enorme desarrollo intelectual y tecnológico no resuelve todos los dilemas de la conciencia. Entre ellos comienza a surgir una cuestión particularmente significativa: la relación entre la misión y el corazón.
Una civilización puede estar profundamente orientada hacia un propósito, poseer una inteligencia extraordinaria y actuar con gran eficacia, pero aun así descubrir que algo falta cuando el cumplimiento de la misión eclipsa la sensibilidad, el vínculo o la dimensión afectiva de la existencia.
De este modo aparece una tensión que acompaña las comunicaciones:
mente y corazón,
estrategia y sensibilidad,
misión y relación,
poder y conciencia.
No se trata necesariamente de elegir un extremo y rechazar el otro, sino de alcanzar una integración más amplia. La inteligencia no necesita desaparecer para que emerja el corazón, ni la misión debe ser abandonada para que exista relación. La evolución consiste también en aprender a reunir dimensiones que antes parecían separadas.
Los Arturianos, por lo tanto, no son solamente maestros de la humanidad. Ellos también atraviesan su propio proceso evolutivo. La evolución no tiene un punto final. Ningún nivel de conciencia, ninguna civilización y ninguna forma de inteligencia posee la totalidad de la comprensión.
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El principio de soberanía
Todas estas ideas convergen finalmente en una misma dirección: la recuperación de la soberanía de la conciencia.
No creer simplemente porque una autoridad lo afirma.
No obedecer solamente porque alguien parece más poderoso.
No confundir tecnología con sabiduría.
No confundir experiencias extraordinarias con verdad absoluta.
No renunciar a la intuición, pero tampoco abandonar la razón.
La invitación es más exigente: ampliar la percepción y conservar simultáneamente el discernimiento.
En este sentido, el verdadero propósito de una enseñanza de esta naturaleza no es crear una nueva creencia acerca de los Arturianos, las civilizaciones extraterrestres o las dimensiones superiores. Es utilizar estas ideas como una posibilidad para traspasar los límites de nuestra propia percepción condicionada y ampliar el marco desde el cual contemplamos la realidad.
Algo puede parecernos imposible simplemente porque todavía no poseemos un marco en el cual comprenderlo. Y algo puede parecernos verdadero simplemente porque deseamos profundamente que lo sea.
Entre ambos extremos existe un territorio mucho más fértil: el de quien es capaz de contemplar lo desconocido sin rechazarlo por temor, pero también sin arrodillarse ante ello.
Ese territorio exige apertura sin ingenuidad, intuición sin credulidad, razón sin rigidez y sensibilidad sin pérdida de soberanía.
Y es precisamente desde allí desde donde comienza esta Enseñanza Arturiana.
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Si estas enseñanzas resuenan contigo y deseas continuar profundizando en la mirada de los Arturianos, los Pleyadianos y otras corrientes de conciencia, puedes unirte a Grupo Avatar.
Es un espacio de encuentro, estudio y exploración interior donde compartimos nuevas enseñanzas, canalizaciones, prácticas y reflexiones destinadas a ampliar la percepción, fortalecer el discernimiento y acompañar los procesos de transformación de la conciencia.
La invitación está abierta para quienes sienten que este camino no termina en una lectura, sino que recién comienza allí.
Bendiciones de luz y claridad para todos! 💗
Juan A. Moliterni
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